"No me entristecía envejecer porque ponía la finalidad de mi vida no detrás de mí sino ante mí, no considerándome como una flor que se marchita sino como un fruto que se forma, y que los años que iban a venir no me alejarían de algo que intentaría encontrar." Marcel Proust
lunes, 22 de junio de 2009
Conservar el fuego sagrado
"Ya habeis visto que los cuáqueros fechan a partir de Jesucristo, que fue, según ellos, el primer cuáquero. La religión, dicen, se corrompió casi inmediatamente después de su muerte y permaneció en esa corrupción alrededor de mil seiscientos años; pero había siempre algunos cuáqueros ocultos en el mundo, que se cuidaban de conservar el fuego sagrado apagado en todos los demás sitios, hasta que al fin esta luz se extendió en Inglaterra en el año 1642.
En el tiempo en que tres o cuatro sectas desgarraban Gran Bretaña con guerras civiles emprendidas en nombre de Dios, un tal Georges Fox, del condado de Leicester, hijo de un obrero de la seda, se dedicó a predicar como un verdadero apóstol, según el mismo pretendía, es decir, sin saber leer ni escribir; era un joven de veinticinco años, costumbres irreprochables, y santamente loco. Estaba vestido de cuero de los pies a la cabeza; iba de pueblo en pueblo gritando contra la guerra y contra los clérigos. Sino hubiese predicado más que contra las gentes de guerra, no hubiera habido nada que temer; pero atacaba a las gentes de la Iglesia; pronto fue encarcelado. (sigue la tercera carta)
(De la cuarta carta)
Más o menos por ese tiempo apareció el ilustre Guillermo Penn, que estableció el poder de los cuáqueros en América, y que les hubiera hecho respetables en Europa, si los hombres pudiesen respetar la virtud bajo apariencias ridículas; era hijo único del caballero Penn, Vicealmirante de Inglaterra y favorito del duque de York, desde Jacobo II.
Guillermo Penn, a la edad de quince años, encontró un cuáquero en Oxford, donde hacía sus estudios; ese cuáquero le persuadió, y el joven , que era vivo, y de natural elocuente, y que tenía nobleza en su fisonomía y en sus maneras, ganó pronto a algunos de sus camaradas. Estableció sin ser notado una Sociedad de jóvenes Cuáqueros, que se reunían en sus casa; de tal suerte que se encontró siendo jefe de secta a la edad de dieciseis años.
De vuelta a casa de su padre el Vicealmirante al salir del colegio, en lugar de postrarse de rodillas delante de él y de pedirle su bendición, según el uso de los ingleses, le abordó con el sombrero en la cabeza, y le dijo: "Amigo, me alegro mucho de verte bueno". El Vicealmirante creyó que su hijo se había vuelto loco; pronto se dió cuenta de que era cuáquero. Puso en práctica todos los medios que la prudencia humana puede emplear para decidirle a vivir como otro cualquiera; el joven sólo respondió a su padre exhortándole a que él también se hiciera cuáquero.
Finalmente el padre se avino a no pedirle otra cosa sino que fuese a ver al Rey y al Duque de York con el sombrero bajo el brazo y que no les tutease. Guillermo respondió que su conciencia no se lo permitía y el padre, indignado y presa de desesperación, le echó de su casa. El joven Penn agradeció a Dios lo que sufría ya por su causa; se fue a predicar a la ciudad, donde hizo muchos prosélitos.
En los sermones de los ministros había cada día más claros; y como Penn era joven,hermoso y bien hecho, las mujeres de la Corte y la villa acudían devotamente para oírle. El patriarca Georges Fox vino del fondo de Inglaterra a verle a Londres por su reputación; los dos resolvieron irse a misionar a países extranjeros. Se embarcaron para Holanda, después de haber dejado obreros en número suficiente para cuidar la viña de Londres. Sus trabajos tuvieron un feliz éxito en Amsterdam, pero lo que les hizo más honor y lo que puso más en peligro su humildad, fue la recepción que les hizo la Princesa Palatina Elizabeth, tía de Jorge I, rey de Inglaterra, mujer ilustre por su espíritu y por su saber, y a la que Descartes había dedicado su novela de filosofía.
Vivía ella entonces retirada en La Haya, donde vio a esos amigos, pues así es como llamaban entonces a los cuáqueros en Holanda; tuvo varias conferencias con ellos, predicaron a menudo en su casa y, si no hicieron de ella una perfecta cuáquera, confesaron por lo menos que no estaba lejos del reino de los cielos.
Los amigos sembraron también en Alemania, pero recogieron poco. No gustó mucho la moda de tutear, en un país, donde siempre hace falta tener en la boca los términos de Alteza y de Excelencia.
Penn volvió pronto a Inglaterra, al tener noticia de la enfermedad de su padre; llegó a recoger su último suspiro. El Vicealmirante se reconcilió con él y le abrazó con ternura, aunque fuese de una religión diferente; Guillermo heredó grandes bienes, entre los que se encontraban deudas de la Corona, por adelantos hechos por el Vicealmirante en expediciones marítimas. Nada era menos seguro entonces que el dinero debido por el Rey; Penn se vio obligado a ir a tutear más de una vez a Carlos II y a sus ministros, para conseguir su pago. El gobierno le dio, en 1680, en lugar de dinero, la propiedad y la soberanía de una provincia de América, al sur de Maryland: aquí tenemos a un cuáquero hecho soberano. Partió para sus nuevos estados con dos barcos cargados de cuáqueros que le siguieron. Se llama desde entonces al país Pennsilvania, por el nombre de Penn. Allí fundó la ciudad de Filadelfia, que hoy es muy floreciente. Comenzó por hacer una liga con sus vecinos americanos. Es el único tratado entre esos pueblos y los cristianos que no haya sido jurado y que no haya sido roto. El nuevo soberano fue también el legislador de Pennsilvania; dio leyes muy sabias, ninguna de las cuales ha sido modificada desde entonces. La primera es no maltratar a nadie con motivo de su religión, y mirar como hermanos a todos los que creen en un Dios.
Apenas hubo establecido su gobierno cuando varios mercaderes de América vinieron a poblar esa colonia. Los naturales del país, en lugar de huir a los bosques, se conciliaron insensiblemente con los pacíficos cuáqueros: tanto como destestaban a los otros cristianos conquistadores y destructores de América, amaban a estos recién llegados. En poco tiempo, gran número de esos pretendidos salvajes, encantados por la mansedumbre de sus vecinos, fueron en masa a pedir a Guillermo Penn que los recibiera como vasallos suyos. Era un espectáculo completamente nuevo, ese soberano al que todo el mundo tuteaba, y a quien se hablaba sin descubrirse uno, un gobierno sin sacerdotes, un pueblo sin armas, ciudadanos completamente iguales, semejantes a la Magistratura, y vecinos sin envidias.
Guillermo Penn podía gloriarse de haber traído a este mundo la edad de oro de la que tanto se habla, y que probablemente no ha existido más que en Pennsilvania. Volvió éste a Inglaterra por asuntos de su nuevo país, a la muerte de Carlos II. El rey Jacobo, que había amado a su padre, tuvo el mismo afecto por el hijo, y no le consideró como un secretario oscuro sino como un muy gran hombre. La política del rey coincidía en esto con sus gustos; deseaba halagar a los cuáqueros aboliendo las leyes hechas contra los no-conformistas, a fin de poder introducir la religión católica a favor de esta libertad. Todas las sectas de Inglaterra vieron la trampa y no se dejaron coger en ella; siempre están unidas contra el catolicismo, su enemigo común. Pero Penn no creyó deber renunciar a sus principios para favorecer a los protestantes que le odiaban contra un rey que le amaba. Había establecido la libertad de conciencia en América; no quería parecer intentar destruirla en Europa; permaneció pues fiel a Jacobo II, hasta el punto de que fue generalmente acusado de ser jesuita. Esta calumnia le entristeció sensiblemente; se vio obligado a justificarse con escritos públicos. Sin embargo, el desdichado Jacobo II, que como casi todos los Estuardos era una mezcla de grandeza y debilidad, que como ellos hizo demasiado y demasiado poco, perdió su reino sin que pudiera decirse como sucedió la cosa.
Todas las sectas inglesas recibieron de Guillermo II y de su Parlamento esa misma libertad que no habían querido obtener de manos de Jacobo II. Fue entonces cuando los cuáqueros comenzaron a gozar, por la fuerza de las leyes, de todos los privilegios de los que están hoy en día en posesión. Penn, después de haber visto finalmente su secta establecida sin disputa en el país de su nacimiento, volvió a Pennsilvania. Los suyos y los americanos le recibieron con lágrimas de alegría como a un padre que volvía a ver a sus hijos. Todas sus leyes habían sido religiosamente observadas durante su ausencia, lo que no le había ocurrido a ningún legislador antes de él. Permaneció varios añós en Filadelfia; partió finalmente a su pesar para ir a solicitar a Londres nuevas ventajas en favor del comercio de los pennsilvanos; vivió a partir de entonces en Londes hasta una extrema vejez, considerado como el jefe de un pueblo y de una religión. No murió hasta 1718.
Se conservó a sus descendientes las propiedad y el gobierno de Pennsilvania, y a ellos vendieron al rey del gobierno por doce mil piezas de oro. Los asuntos del rey sólo le permitieron pagar mil. Un lector francés creerá quízá que el ministro pagó el resto en promesas y se apoderó de todos modos del gobierno; nada de eso; como la Corona no había podido satisfacer en el tiempo marcado el pago de la suma completa, el contrato fue declarado nulo y la familia de Penn recuperó sus derechos.
No puedo adivinar cuál será la suerte de la religión de los cuáqueros en América, pero veo que se depaupera diariamente en Londres. En todo país la religión dominante, cuando no persigue, acaba a la larga por absorber a todas las otras. Los cuáqueros no pueden ser miembros del Parlamento, ni poseer ningún oficio, porque habría que prestar juramento y ellos no quieren jurar. Se ven reducidos a la necesidad de ganar dinero por medio del comercio; sus hijos, enriquecidos por la industria de sus padres, quieren gozar, tener honores, botones y bocamangas; se avergüenzan de ser llamados cuáqueros y se hacen protestantees para estar a la moda"
De "Cartas Filosóficas. Sobre los cuáqueros." Por Voltaire.
viernes, 19 de junio de 2009
Un poco cuáqueros, pero no lo bastante.
-Pero, ¿cómo podeis discernir, insistí, si es el Espíritu de Dios el que os anima en vuestros discursos?-Cualquiera,dijo él, que ruegue a Dios para que lo ilumine, y que anuncie las verdades evangélicas que sienta, ese puede estar seguro de que Dios le inspira". Entonces me abrumó con citas de la Escritura que demostraban, según él, que no hay cristianismo sin una revelación inmediata, y añadíó estas palabras notables: Cuando haces mover uno de tus miembros, ¿acaso es tu propia fuerza la que lo mueve? No, sin duda, pues ese miembro tiene frecuentemente movimientos involuntarios. Es, pues, quien ha creado tu cuerpo el que mueve ese cuerpo de tierra. Y las ideas que recibe tu alma, ¿eres tú quien las forma? Aún menos, pues vienen pese a ti. Es pues el Creador de tu alma quien te da tus ideas; pero, como ha dejado a tu corazón libertad, da a tu espíritu las ideas que tu corazón merece; vives en Dios, actúas, piensas en Dios; no tienes, pues, más que abrir los ojos a esa luz que ilumina a todos los hombres; entonces verás la verdad, y la harás ver. -¡Eh, aquí tenemos al padre Malebranche puro y nudo!, grité yo,- Conozco a tu Malebranche, dijo él; era un poco cuáquero, pero no lo bastante" Estas son las cosas más importantes que he aprendido en lo tocante a la doctrina de los cuáqueros. En la próxima carta tendreis su historia, que encontraréis aún más singular que su doctrina"
De Cartas Filosóficas. Segunda carta sobre los cuáqueros." Por Voltaire.
A veces la lectura de textos con esta suerte de sencillez descriptiva que hace Voltaire es de una claridad tan meridiana que se hace insoportable y casi preferimos volver a ocultarnos detrás de esas metáforas filosóficas o científicas, llenas de verdades canónicas y vinculantes, como decía Nietzsche, tras las cuales nos sentimos tan a cubierto, tan cómodamente instalados, atrincherados, a la espera de alguna incursión dialéctica que justifique las complicidades que hemos asumido con el actual estado de cosas del que tanto nos solemos lamentar. Porque claro, ¿va a ser igual de respetable el discurso iluminado de esos "paletos" que profieren sonidos casi ininteliglibles que el de un "sabio" reconocido y cuya autoridad le hemos conferido tan democráticamente. Fácil, por otra parte, es aceptar el imperativo físico de un cuerpo que, muy involuntariamente por nuestra parte, nos somete con sus debilidades y miserias, pero ¿y las ideas?, ¿acaso no somos omnipotentes en ese terreno?. ¿Y no son mejores las ideas de unos que de otros? No hay, por ventura, algo que nos permita regocijarnos con lo meritorio de nuestras diferencias? Ya sé que el valor del "progreso", meta cuyo atractivo es el superior de la humanidad, sirve para justificar todos los pactos sociales que hemos firmado, tácita o implícitamente, y por cuyos contratos hemos instituído jerarquías en su mayor parte justas y necesarias pero en algunos nefastas y desalentadoras, preñadas de la voluntad de dominio de unos seres por otros y ajenas a esos estados que, como es el caso de estos cuáqueros, sentimos, de puro alejado, tan idílicos como un paraíso al que regresar, pero, no nos engañemos, no hay paraíso. Solo esdedesear. Como Malebranche, podemos ser un poco cuáqueros pero no lo bastante. Hay una tercera carta que también transcribiré.
martes, 16 de junio de 2009
Entre gusanos.
A continuación me explicó en pocas palabras algunas singularidades que exponen esta secta al desprecio de los otros." Confiesa- dijo- que has tenido dificultad en no reirte cuando he respondido a todas tus cortesías con el sombrero en la cabeza y tuteándote; sin embargo, me pareces demasiado instruído para ignorar que en el tiempo de Cristo ninguna nación caía en el ridículo de substituir el singular por el plural. Decían a César Augusto; te amo, te ruego, te agradezco, ni siquiera soportaba que se le llamase Señor, Dominus. Sólo mucho después de él los hombres comenzaron a hacerse llamar vos en lugar de tú, con si fuesen dobles y a usurpar los títulos impertinenes de Grandeza, de Eminencia, de Santidad, que unos gusanos dan a otros gusanos, asegurándoles que son, con un profundo respeto y una falsedad infame, sus muy humildes y obedientes servidores. Para salvaguardarnos de ese indigno comercio de mentiras y de halagos, tuteamos igualmente a lo reyes y a los zapateros, no saludamos a nadie y no tenemos por los hombres más que caridad y respeto sólo por las leyes."
"Llevamos un traje un poco diferente al de los otros hombres, a fin de que sea para nosotros una advertencia continua de que no debemos parecernos a ellos. Los otros llevan las marcas de sus dignidades, y nosotros las de la humildad cristiana; huimos las reuniones de placer, los espectáculos, el juego, pues seríamos muy de compadecer si llenásemos con esas bagatelas los corazones que Dios debe habitar; nunca hacemos juramentos, ni siquiera ante la justicia; pensamos que el nombre del Altísimo no debe prostituirse en las disputas miserables de los hombres. Cuando es preciso que comparezcamos ante los magistrados para los asuntos de los otros (pues nosotros nunca tenemos procesos), afirmamos la verdad con un sí o un no, y los jueces nos creen simplemente bajo palabra, mientras que tantos cristianos perjuran sobre el Evangelio. Nunca vamos a la guerra; no es que temamos a la muerte, por el contrario, bendecimos el momento que nos une al Ser de los seres; pero resulta que no somos ni lobos , ni tigres, ni dogos, sino hombres, sino cristianos. Nuestro Señor, que nos ha ordenado amar a nuestros enemigos y sufrir sin protestar, no quiere sin duda que crucemos el mar para ir a degollar a nuestros hermanos, porque asesinos vestidos de rojo, con un gorro de dos pies de alto, enrolan a los ciudadanos haciendo ruido con dos palitos sobre una piel de asno bien tensa; y cuando, tras batallas ganadas, todo Londres brilla con iluminaciones, el cielo está inflamado de cohetes, el aire resuena con el ruido de las acciones de gracias, de las campanas, de los órganos, de los cañones, gemimos en silencio por estos crímenes que causan la alegría pública".
De "Cartas filosóficas. Sobre los cuáqueros" Por Voltaire.
Mientras escribo esto que os transcribo me ronronea en la cabeza el estribillo de una canción
!Cuánto hemos cambiado...¡ Y me pregunto ¿Cuándo hemos cambiado?, sobre todo algunos.
Voltaire, "dispensando su cara" (como se escucha decir a algunos viejos gallegos para hacerse perdonar un atrevimiento), lo mismo que creo yo, creía que lo que verdaderamente merece la pena es pensar sobre el espíritu, las costumbres y los usos de los pueblos, como fuente de ilustración para lograr una buena convivencia, luchando contra la intolerencia religiosa.
¿Cuándo hemos decidido tratarnos de usted entre gusanos? ¿Y por qué? ¿Qué pasiones nos mueven a fomentar las diferencias, a creernos mejores por sentirnos "muy originales", desde la vestimenta hasta el pensamiento, lo que sea con tal de impresionar.
Creo que toca rumiar ésto un poco ¿A qué apetece? Voy a seguir transcribiendo un par de cartas más, muy curiosas, sobre los cuáqueros, " La Sociedad de los Amigos", porque me caen muy bien y esdedesear.