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martes, 30 de junio de 2009

Del narcisismo a la madurez (2)

"Al cabo de unas semanas volví a casa de los Florentin a Burton Road, junto a mi madre. Por la noche dormía en la cama de mi padre, junto a la de ella, y velaba por su vida. Mientras oía su llanto ahogado no me dormía; si ella, habiendo conciliado el sueño un momento, volvía a despertarse, su llanto ahogado me despertaba. Por entonces aprendí a quererla, nuestra relación era diferente, yo me convertí en el hijo mayor en más de un sentido. Ella me llamaba y me trataba como tal, y yo tenía la sensación de que confiaba en mí, hablaba conmigo como con nadie más, y aunque nunca me decía nada, yo percibía su desesperación y el peligro en que se hallaba. Me encargué de ayudarla a pasar la noche, yo era el peso que se colgaba de ella cuando no soportaba más su dolor y quería quitarse la vida. Es curioso que yo haya podido vivir así, en rápida sucesión, la muerte y el miedo por una vida amenazada de muerte...


... Yo cuidaba de ella como ella cuidaba de mí, y cuando se está tan cerca de alguien uno acaba desarrollando una sensibilidad infalible para todas las emociones que comparte con esa persona. Por mucho que sus pasiones me desbordaran no le habría dejado pasar un tono falso. No era cuestión de presunción, sino de familiaridad, que me daba derecho a estar vigilante,y yo no dudaba en abalanzarme sobre ella cuando barruntaba alguna influencia extraña, inusual. Durante un tiempo asistió a las conferencias de Rudolf Steiner. Lo que me contaba sobre ellas no sonaba a ella, era como si de pronto hablase un idioma extraño. Yo no sabía quén la animaba a asistir a esas conferencias, no lo hacía por iniciativa propia, y cuando se le escapó el comentario de que Rudolf Steiner tenía algo hipnótico empecé a bombardearla con preguntas sobre él...Me pareció muy insegura, pues yo estaba acostumbrado a que conociera cada sílaba de sus autores, ella que precisamente solía atacar sin piedad a otros acusándolos de tener un conocimiento insuficiente de algún autor y llamándolos charlatanes y atolondrados que lo confundían todo por ser demasiado perezosos y no investigar las cosas hasta el fondo... En el fondo lo más importante para ella era también lo que pudiéramos discutir juntos, sin deformaciones ni retorcimientos, sin prentender algo que todavía no formaba parte de nosotros. No era la primera vez que yo notaba cómo salía ella al paso de mis celos. Además añadió no tenía tiempo para asisitr a esas conferencias...


.. Me ocultaba tenazmente todo lo erótico, el tabú que ella había impuesto sobre este tema en el balcón de nuestra casa de Viena seguía vivo en mí como si Dios mismo lo hubiera proclamado en el monte Sinaí. Yo no preguntaba por ello, nunca mostraba interés, y mientras ella, con ardor y prudencia, me llenaba con todos los contenidos del mundo, aquello que hubera podido confundirme quedaba excluído. Como yo no sabía lo mucho que los seres humanos sienten la necesidad de esta forma del amor, no imaginaba que a ella pudiera faltarle. Ella tenía entonces treinta y dos años y vivía sola, y a mi eso me parecía tan natural como mi propia vida...

..Un segundo bien que mi madre me hizo durante aquellos años compartidos en Zúrich tuvo aún más consecuencias: me ahorró cualquier tipo de cálculo. Nunca le oí decir que hubiera que hacer algo por razones prácticas. No se hacía nada que pudiera ser "útil" para uno. Todas las cosas que yo quisiera aprender eran igualmente legítimas. Me movía al mismo tiempo por cien caminos sin tener que oír que este o aquel era más cómodo, más conveniente o más lucrativo. Lo que importaba eran las cosas en sí y no la utilidad que pudiera extraerse de ellas. Había que ser exacto y escrupuloso y defender una opinión sin hacer trampas, pero había que dedicar esa escrupulosidad a la cosa misma y no la utilidad que de ella pudiera extraerse. Apenas hablábamos de lo que haríamos algún día. Lo profesional se situaba a tal punto en un segundo plano que todas las profesiones estaban abiertas. El éxito no significaba que uno medrase personalmente, el éxito o beneficiaba a todos o no era éxito...



... Mi madre pasó una buena parte de esos dos años en Arosa, en el Waldsanatorium, cuando le escribía le veía flotar como suspendida a gran altura sobre Zúrich, y cuando pensaba en ella miraba involuntariamente hacia arriba. ... Cada semana iban y venian las cartas en las que, al menos por mi parte, nos informábamos de todo. Pero la mayor parte del tiempo yo era independiente de la familia y así surgió otra cosa nueva en su lugar... Yo sentía cada nueva experiencia como algo físico, como una expansión de mi propio cuerpo, a lo que contribuía el hecho de que, aunque yo supiera una serie de otras cosas, lo nuevo no guardaba relación alguna con éstas. Algo separado de todo lo demás venía a instalarse allí donde antes no había habido nada. Una puerta se abría de improviso donde no se esperaba encontrar nada, dejándolo inmerso en un paisaje con luz propia donde todo tenía un nombre nuevo y se expandía más y más... También habían sido liberadas por las nuevas circunstancias de mi vida fuerzas que habían permanecido mucho tiempo supeditadas. Yo ya no vigilaba a mi madre como en Viena y en la Scheuchzerstrasse. Quiza esa hubiera sido también una de las causas de sus enfermedades periódicas. Lo aceptáramos o no, mientras viviéramos juntos tendríamos que rendirnos cuentas mutuamente. Cada uno de los dos no solo sabía lo que hacía el otro, sino que intúía sus pensamientos, y lo que constituía la dicha y la intensidad de esta comprensión era también su tiranía."
De "Historia de una vida. La lengua salvada." Por Elias Canetti.


Perdón, sé que por este camino acabaré con vuestra paciencia. Debo corregirme. Lo haré por obligación en los próximos días que estaré ausente. Tiendo a ello porque realmente me gusta más leer que escribir y porque siempre me parece que nada es comparable a las descripciones de los propios autores, consagrados y admirados por nosotros, que mis pobres palabras para contaros algo de ellos. He escogido esto pasajes de la autobiografía de Canetti, que como sabeis estoy leyendo, en los que relata la relación con su madre, en su adolescencia (tenía 12 años a la sazón), después de la muerte de su padre, cuya poderosa identificación os comenté en una entrada anterior ("del narcisismo a la madurez"). Y lo hago porque me parece que entre los dos relatos se desarrolla una bellísima descripción de la formación de su carácter, sobre la base de un completísimo Edipo que para sí quisiera Freud como analogía, me parece a mi. Canetti cumple en su infancia todos los requisitos que la teoría psicoanalítica aborda para la formación del carácter: desde la lógica líbido narcisista, pasando por fuertes y ricas identificaciónes paternas, dolorosas pérdidas,consiguientes duelos, y devenida madurez. Pero se dá en él una excepcionalidad: habitualmente el niño, el niño que somos, debe hacer ese proceso en su infancia sin sufrir la pérdida real, material, debe renunciar (en ausencia) más o menos pertrechado, con los recursos de que disponga, sin que la fatalidad, como es el caso de Canetti, lo disponga con su imperativo. . En definitiva nos tenemos que arreglar para "matar" a los padres que llevamos dentro, constituídos en "ellos", "superyos" o lo que se tercie, como buenamente podamos y lo que es mas "fuerte", de la calidad de ese tránsito dependen la mayor parte de nuestras herramientas en las madurez y también las características de nuestras neurosis, porque con ambas se completa lo que denominamos nuestro carácter. Veré qué fue pasando con mi autor, estoy en ascuas. Os iré contando. Esdedesear.

lunes, 1 de junio de 2009

Del narcisismo a la madurez (1)

"La mayor parte del agua que se utilizaba en las casas se traía en grandes cubas del Danubio. Una mula tiraba de la cuba que estaba montada en un carro especial, delante iba una aguador con un látigo. El agua se vendía por poco dinero delante del portón del patio, se descargaba y se echaba en grandes calderos para hervirla. Los calderos con el agua aún hirviendo eran sacados delante de la casa a una terraza alargada, donde tardaban un buen rato en enfriarse.
Laurica y yo nos habíamos reconciliado, al menos hasta el punto de jugar de vez en cuando al escondite. Una vez que estaban allí los calderos de agua caliente y nosotros corríamos entre ellos, sin duda demasiado cerca, al darme alcance justo al lado de un caldero Laurica me empujó y caí en el agua caliente. Exceptuando la cabeza, me escaldé todo el cuerpo. La tía Sophie, que oyó los espantosos alaridos, me sacó del caldero y me quitó la ropa, con la que se desprendió toda la piel; se temió por mi vida y pasé en la cama muchas semanas con dolores muy fuertes.
Mi padre se encontraba en aquel momento en Inglaterra y eso fue lo peor para mí. Yo creía que me iba a morir y le llamaba a gritos, me quejaba de que no volvería a verle, y eso era peor que los dolores. De estos no tengo recuerdos, ya no los siento, pero aún siento el deseo desesperado de ver a mi padre. Pensaba que él no sabía lo que me había sucedido, y cuando me aseguraban lo contrario exclamaba:
-Por qué no viene? Por qué no viene? ¡Quiero verle!
Quizá vacilaron efectivamente, porque hacía pocos días que él había llegado a Manchester, para preparar nuestro traslado allí; quizá pensaron que mi estado mejoraría por sí mismo y él no tendría que regresar inmediatamente. Pero incluso si lo hubiera sabido enseguida y hubiera venido sin dilación, el viaje era largo y él no podía estar a mi lado tan pronto. Fueron consolándome de día en día y cuando mi estado empeoró, de hora en hora. Una noche, cuando creían que por fin me había dormido, salté de la cama y me despellejé todo el cuerpo. En vez de gemir de dolor gritaba llamando a mi padre:
-¿Cuando viene? ¿Cuando viene?
Mi madre, el médico y todos los que me cuidaban me eran indiferentes, no los veo, no sé lo que hacían conmigo, sin duda hubo muchas y delicadas intervenciones en torno a mi persona, yo no las registraba, solo tenía una idea fija, era más que una idea, era la herida en la que se resumía todo; mi padre.
Entonces oí su voz, se acercó a mí desde atrás, yo estaba tumbado boca abajo, pronunció suavemente mi nombre, dio la vuelta a la cama, le vi, me puso suavemente la mano en el pelo, era él y yo dejé de sentir dolor.
Todo lo que sucedió a partir de ese momento solo me es conocido a través de relatos. La herida se convirtió en milagro, se inició la mejoría, mi padre prometió que no se marcharía y permaneció a mi lado durante las semanas siguientes. El médico estaba convencido de que sin su aparición y su presencia posterior yo habría muerto. Aunque ya me había desahuciado, insistió en el regreso de mi padre, su única e incierta esperanza. Era el médico que nos había traído al mundo a los tres hermanos, y más tarde solía decir que de todos los partos a los que había asistido, ese "renacimiento" había sido el más difícil."

"Yo tenía siete años cuando murió mi padre y él no contaba siquiera treinta y uno..."
De "Historia de una vida. La lengua salvada", por Elias Canetti.

Tengo una buena razón para haberos entretenido tanto con este texto tan largo y esa razón es que tengo la convicción de que este tránsito que el niño Canetti hubo de hacer en su infancia, el que parte de la más absoluta e imperiosa necesidad de su padre para "vivir" hasta la más aplastante resignación por su pérdida al poco tiempo de haber ocurrido ese accidente, es el mismo que un ser humano cualquiera debe hacer en su interior, aún sin circunstancias extremas como ésta, en la más absoluta normalidad todos debemos hacer y soportar esta pérdida. Y en eso consiste la madurez y el equilibrio soñados. Y realmente no hay mucha diferencia si lo pensamos, ya adultos nos resistimos a abandonar los recursos que teníamos de niños y así jugamos inocentemente con nuestras ilusiones, y cuando nos escaldamos, delirantes suplicamos ayuda exterior hasta el punto de preferir despellejarnos en las múltiples realidades en que nos convertimos, desoyendo todo lo que nos rodea. Antes que aceptar la soledad, seguimos buscando el consuelo de que alguien "pronuncie suavemente nuestro nombre" curándonos con su reconocimiento y finalmente lo que no pudimos soportar desconsolados, se nos impone fatalmente. Porque no hay un "padre" para siempre, o sí lo hay, pero ese es el momento en que tu te conviertes en un padre para ti y, a tu vez, pronuncias suavemente otros nombres.

Claro que no soy muy original pensando esto, "como todo lo demás", ya lo habeis advertido. Dejo para dentro de unos días hablar de cómo veían Kant o Freud, por ejemplo, esta necesidad de "renacimiento" imprescindible. Ellos fueron los que me lo enseñaron. Esdedesear.