"No sé bien por qué, pero siempre he notado con sorpresa que cuando alguien de mi tiempo se complacía voluptuosamente en rememorar las cosas de la juventud o de la niñez, yo no experimentaba goce alguna en esa inmersión y descenso a aguas pretéritas. Al contrario, el roce con la piel de mi pasado me repugnaba y toda la presunta gracia de la adolescencia y la infancia propias no ha logrado aún vencer en mi lo que tienen de cadavérico, de fenecido. Y no creo que mi vida haya sido especialmente infeliz o impresentable ni más repugnante que la que lo haya sido menos. Cuando se está fuertemente proyectado hacia el futuro, nuestro pasado no hace presa en nosotros con sus deleites particulares..."
Del Prólogo a Obras Completas (1932), por José Ortega y Gasset.
Como no hago diferencias de valor entre el contenido de mis sueños y el de mis pensamientos quiero rescatar, todavía próximo aquel viaje al "pasado" que compartí con vosotros, el sueño de la noche de mi regreso. Es difícil trasladar las sensaciones que las imágenes oníricas nos producen porque en los sueños las aristas entre lenguaje, pensamiento, percepción, sensación, figura, se difuminan y lo que parece tan evidente y significativo cuando estamos dormidos se transforma en incomunicable y aburrido en cuanto despertamos.
Transcurre en el tiempo presente, me encuentro pasando unos días de vacaciones en mi ciudad natal procedente de Bilbao (ciudad en la que empecé a trabajar hace muchos años y que en el sueño es, sin embargo, la de mi vida laboral actual). Repentinamente caigo en la cuenta de que debo incorporarme a un nuevo trabajo, un traslado que ya había solicitado antes de viajar. Ya no tengo que volver a mi anterior destino. Este nuevo puesto de trabajo que, en principio era en el lugar de mi infancia, es ahora en la ciudad donde vivo actualmente.Me incorporo a un despacho repleto de mobiliario antiquísimo, mesas y sillas de madera, máquinas de escribir obsoletas, material de despacho repujado en cuero. Varias personas lo ocupan, debemos sentarnos muy cerca unos de otros. Manifiesto mi preocupación porque hace años que ya no utilizo más que ordenadores. Me preocupa también el hacinamiento, las condiciones que no son buenas para trabajar. Las imágenes de las tres ciudades que se simultanean en el sueño aunque presentan estampas familiares no me resultan confortables, extrañamente, no tengo sentimientos de apego hacia ellas, esto me inquieta, me preocupa y sorprende descubrirlo, sin embargo me envuelve otra sensación más fuerte y abarcante de todas esas imágenes. Siento que esa extrañeza es indiferente, irrelevante, porque me inunda una gran determinación. Volveré a empezar y todo estará bien, lo se. Esta imagen sí me es familiar y confortable.
Nada más lejos de mi intención que hacer interpretaciones de tipo psicoanalítico de escaso valor objetivo y abundante tedio. Más bien quiero enlazar con aquellas palabras de Spinoza "el esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no implica tiempo finito alguno, sino indefinido", (mi sueño no puede ser más explícito, tal mêlée de tiempos, espacios y hábitos, da cuenta de ello, me parece), para literalmente atrapar una de las sensaciones fundamentales y más queridas por mi. La que con mayor fuerza se me manifiesta como deseable y apasionante: la determinación. No lo haré con mi propio lenguaje afectivo, lo haré con la definición más convicente que conozco, es la que hace Peirce, del que ya os hablé a cuento del pragmatismo, en su trabajo "Qué hace sólido un razonamiento": "...entonces una cierta reunión de sus fuerzas empezará a trabajar, y ese trabajo de su ser hará que considere cómo actuar, y de acuerdo a su disposición, tal y como es ahora, será llevado a formar una resolución respecto a cómo actuará en esa ocasión. Esa resolución es de la naturaleza de un plan, o como uno podría casi decir, un diagrama. Es una fórmula mental siempre más o menos general. Siendo nada más que una idea, esa resolución no influye necesariamente en su conducta. Pero entonces se sienta y sufre un proceso similar a aquel de imprimir una lección en su memoria, cuyo resultado es que la resolución, o fórmula mental, se convierte en una determinación"
La determinación es mi patria porque reconozco el placer que se sigue después de cada paso de la idea, de la resolución, a la determinación, y porque la huella que imprime en la memoria es un peldaño más de la escalera, del que ya no se retrocede una vez comprobada su eficacia. Una punzada en la conciencia lo impide. Creado el hábito, por pequeña que sea la acción, no hay marcha atrás. Hay quien se adhiere al sentimiento rilkeano "la verdadera patria es la infancia", yo soy más de Ortega, la verdadera patria me parece el proyecto, el quehacer:" entre los muchos haceres posibles el hombre tiene que acertar con el suyo y resolverse..." La infancia de las ideas es creer en su omnipotencia, como nos decía Freud, la madurez de los deseos es determinarnos a cumplir la vocación, como nos ofrece Ortega y con él seguiré la semana que viene, esdedesear.
"No me entristecía envejecer porque ponía la finalidad de mi vida no detrás de mí sino ante mí, no considerándome como una flor que se marchita sino como un fruto que se forma, y que los años que iban a venir no me alejarían de algo que intentaría encontrar." Marcel Proust
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martes, 3 de marzo de 2009
jueves, 22 de enero de 2009
Lo que el viento se llevó
"La creación del universo, que no tuvo lugar durante una cierta semana atareada en el año 4004 A.C., sino que esta sucediendo hoy y nunca acabará, es este mismo desarrollo de la Razón(...) Bajo esta concepción, el ideal de conducta será ejecutar nuestra pequeña función en la operación de la creación echando una mano para volver el mundo más razonable en cualquier momento; como se dice vulgarmente, "depende de nosotros" hacerlo."
De escritos de Charles Peirce en Collected Papers
El simbolismo de determinados acontecimientos es tan fuerte que por unos instantes me permití regocijarme exultante y así quedó demostrado en la última entrada de este blog, pero la economía y la climatología con sus determinaciones nos devuelven una realidad en la que la euforia es ya "lo que el viento se llevó" y ahora solo cabe regresar a la tarea y el empeño.
He oído decir a los analistas que Obama no tiene ideología concreta, mejor dicho que su ideología es el Pragmatismo. Es fácil comprobar que en épocas de vacas flacas el pragmatismo es esencial así que voy a provechar esta ocasión para matar dos pájaros de un tiro: dar un repaso a algún presupuesto básico del Pragmatismo y al tiempo retomar el anterior tema de "conducirnos razonablemente". Y lo haré trayendo a nuestra conversación al que se suele reconocer como el fundador del Pragmatismo (así lo hace William James) Charles Sanders Peirce (1839-1914), recordando dos de sus ideas:
1. Que la Razón es tal que su propio ser nunca puede ser completamente perfeccionado. Debe estar siempre en un estado de incipiencia, de crecimiento.
2 Que el único objeto deseable que es bastante satisfactorio en sí mismo sin ninguna razón ulterior para desearlo, es lo razonable en si mismo.
Es decir, que la razón no es algo dado de una vez por todas sino que evoluciona, crece dentro de nosotros y en el Universo, y que el objeto de deseo más satisfactorio, el "summun bonum" tiene que ver siempre con hacer lo razonable. El Pragmatismo de Peirce es una forma de concebir el sentido de nuestras vidas, muy sencillo, el de ser unas vidas razonables, pero sobre la base de algo apenas intuído y es que solo nos cabe orientar nuestras acciones futuras, ya que no podemos hacerlo con las pasadas y quizás tampoco con las presentes, con una condición: el desarrollo de hábitos que nos ayuden y la comprensión de que para llegar a acertar es imprescindible reconocer el error.
Me gusta Peirce porque habla de razonabilidad, en vez de acudir a la racionalidad, más cercano a nuestras posibilidades, a nuestros logros. Nos iguala en su persecución, parece asequible. Nos ofrece un concepto de ser humano que no necesita "poseer" la razón (esa posesión que nos divide más que nos une), sino buscarla como un fin, incluso un camino. Aceptamos con facilidad que hay contar con el azar y con las leyes de la naturaleza, pero quizás el error de los últimos tiempos fué desposeer a la formación de hábitos de su posible carácter apasionante, "el espíritu del pionero" abandonado por la sociedad saciada. Hay además una idea de Peirce que me encanta y es la de que en la "formación de hábitos"el motor principal es el amor, que lo unifica todo, el azar y las leyes. El amor es la fórmula. Ya veremos cual, porque esdedesear.
De escritos de Charles Peirce en Collected Papers
El simbolismo de determinados acontecimientos es tan fuerte que por unos instantes me permití regocijarme exultante y así quedó demostrado en la última entrada de este blog, pero la economía y la climatología con sus determinaciones nos devuelven una realidad en la que la euforia es ya "lo que el viento se llevó" y ahora solo cabe regresar a la tarea y el empeño.
He oído decir a los analistas que Obama no tiene ideología concreta, mejor dicho que su ideología es el Pragmatismo. Es fácil comprobar que en épocas de vacas flacas el pragmatismo es esencial así que voy a provechar esta ocasión para matar dos pájaros de un tiro: dar un repaso a algún presupuesto básico del Pragmatismo y al tiempo retomar el anterior tema de "conducirnos razonablemente". Y lo haré trayendo a nuestra conversación al que se suele reconocer como el fundador del Pragmatismo (así lo hace William James) Charles Sanders Peirce (1839-1914), recordando dos de sus ideas:
1. Que la Razón es tal que su propio ser nunca puede ser completamente perfeccionado. Debe estar siempre en un estado de incipiencia, de crecimiento.
2 Que el único objeto deseable que es bastante satisfactorio en sí mismo sin ninguna razón ulterior para desearlo, es lo razonable en si mismo.
Es decir, que la razón no es algo dado de una vez por todas sino que evoluciona, crece dentro de nosotros y en el Universo, y que el objeto de deseo más satisfactorio, el "summun bonum" tiene que ver siempre con hacer lo razonable. El Pragmatismo de Peirce es una forma de concebir el sentido de nuestras vidas, muy sencillo, el de ser unas vidas razonables, pero sobre la base de algo apenas intuído y es que solo nos cabe orientar nuestras acciones futuras, ya que no podemos hacerlo con las pasadas y quizás tampoco con las presentes, con una condición: el desarrollo de hábitos que nos ayuden y la comprensión de que para llegar a acertar es imprescindible reconocer el error.
Me gusta Peirce porque habla de razonabilidad, en vez de acudir a la racionalidad, más cercano a nuestras posibilidades, a nuestros logros. Nos iguala en su persecución, parece asequible. Nos ofrece un concepto de ser humano que no necesita "poseer" la razón (esa posesión que nos divide más que nos une), sino buscarla como un fin, incluso un camino. Aceptamos con facilidad que hay contar con el azar y con las leyes de la naturaleza, pero quizás el error de los últimos tiempos fué desposeer a la formación de hábitos de su posible carácter apasionante, "el espíritu del pionero" abandonado por la sociedad saciada. Hay además una idea de Peirce que me encanta y es la de que en la "formación de hábitos"el motor principal es el amor, que lo unifica todo, el azar y las leyes. El amor es la fórmula. Ya veremos cual, porque esdedesear.
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