"No me entristecía envejecer porque ponía la finalidad de mi vida no detrás de mí sino ante mí, no considerándome como una flor que se marchita sino como un fruto que se forma, y que los años que iban a venir no me alejarían de algo que intentaría encontrar." Marcel Proust
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Paresia
De "Historia personal y circunstancia histórica" por Erik H. Erikson
"No es posible ser amado por muchos con una perfecta amistad, lo mismo que no lo es amar a muchos a la vez. La verdadera amistad es una especie de exceso en su género, es una afección que supera a todas las demás, y se dirige por su misma naturaleza a un sólo individuo, porque no es muy fácil que muchas personas agraden a la vez tan vivamente, ni quizá sería bueno.(...) Los hombres afortunados no tienen necesidad de relaciones útiles, pero necesitan relaciones agradables, y por esa causa quieren vivir habitualamente con algunas personas."
De" Moral a Nicómaco" por Aristóteles.
Filiel, agosto 2009
Queridos: Otra vez tengo que felicitarme de no haber hecho caso de la imaginación, la mía es tendente al pesimismo y busca ,para frustrar mis proyectos, las asociaciones más truculentas. Pero "a Dios rogando y con el mazo dando", aquí me encuentro, felizmente integrada en esta nueva morada. Me gusta el silencio, lo que más, pero para romperlo a ratos me he traído una antigua radio de las de cassette incorporado, que tenía abandonada en el trastero. ¡Sorpresa! En una pletina, una grabación de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak y en la otra una recopilación de éxitos de Sinatra. Del mismo trastero pillé un aparato de video VHS al que aplico la tremenda colección antigua de mi hermano, pero en él, en el video, también un duende me había dejado una grabación de Toska. Estos duendes proveedores parecen haber ido dejando miguitas en el camino que son buenas compañías.
Bajo la nogal de mi casa y en otros muchos puntos desperdigados de esta maravillosa naturaleza (con un cuchillo en el zurrón mirando de reojo por si los lobos...) me voy zampando la provisión de libros que me traje, aunque, ya vereis, mucha soledad y tal y cual pero no me dará tiempo a leer todo lo que me propuse.
Hay otro "temita" que estaba en el buffer. Lo sabeis. Llegué aquí sin hipoteca alguna en cuanto a la posibilidad de compartir esta estancia con alguien, corría el riesgo de no tratar a nadie en este tiempo, no, si ello implicase alguna clase de comercio y debilidades varias, usar bastones y luego tirarlos. Suponía que aún así merecería la pena, así que no hice previsiones en ese sentido. Una ascesis como ésta no permite más que discursos verdaderos, entre pares. Hace tiempo que ya solo busco la "paresia". Hay un tiempo para sembrar y otro para cosechar.
("La paresia etimológicamente significa decirlo todo. La paresia lo dice todo; no obstante, no significa decirlo todo, sino más bien la franqueza, la libertad, la apertura que hacen que se diga lo que hay que decir, como se quiere decir, cuando se quiere decir y bajo la forma que se considera necesaria. Este término de paresia esta ligado de tal forma a la elección, a la decisión, a la actitud del que habla, que los latinos lo han traducido justamente por libertas para referirse a la libertad de aquel que habla.". Foucault. Hermenéutica del sujeto). No, libre me quiero. Y par. Y es posible que haya encontrado algunos. Llegados de tierras aún más
lejanas que yo.
Creo que merece la pena que os cuente otras cosas de ellos. Esdedesear
jueves, 17 de septiembre de 2009
Habitar en la montaña
En 1933 se ofreció a Heidegger por segunda vez una cátedra en la Universidad de Berlín, pero decidió quedarse en la pequeña Friburgo. Para justificar tal decisión escribió el texto cuya traducción ofrecemos. Este artículo de Heidegger apareció en 1934 en una obscura hoja periodística de provincia y no se volvió a publicar hasta los años 60. En castellano se tradujo en ECO- Revista de la cultura de Occidente, marzo de 1963, nº 35, tomo VI-5. Lo retomamos de ESPACIOS, revista del Centro de Investigaciones Filosóficas de la Universidad de Puebla (México), año 2, nº 6, 1985.
En una abrupta cuesta de un amplio y alto valle de la Selva Negra, se levanta un pequeño refugio de esquiadores a 1.150 metros de altura sobre el nivel del mar. Su planta mide de seis a siete metros. El bajo techo recubre tres cuartos: la cocina, el dormitorio y un gabinete de estudio. En el estrecho fondo del valle y en la ladera opuesta, igualmente abrupta, yacen dispersos los cortijos de los campesinos, ámpliamente emplazados, con el gran techo que pende sobre ellos. Cuesta arriba se extienden las praderas y las dehesas hasta el bosque con sus viejos, enhiestos y oscuros abetos. Todo lo domina un claro cielo soleado en cuyo resplandeciente espacio dos azores se elevan trazando círculos.
Éste es mi mundo de trabajo visto con los ojos mirones del huésped o del veraneante. Yo mismo nunca miro realmente el paisaje. Siento su transformación contínua, de día y de noche, en el gran ir y venir de las estaciones. La pesadez de la montaña y la dureza de la roca primitiva, el contenido crecer de los abetos, la gala luminosa y sencilla de los prados florecientes, el murmullo del arroyo de la montaña en la vasta noche del otoño, la austera sencillez de los llanos totalmente recubiertos de nieve, todo esto se apiña y se agolpa y vibra allá arriba a través de la existencia diaria. Y, nuevamente, esto no ocurre en los instantes deseados de una sumisión gozosa o de una compenetración artificial, sino, solamente, cuando la propia existencia se encuentra en su trabajo. Sólo el trabajo abre el ámbito de la realidad de la montaña. La marcha del trabajo permanece hundida en el acontecer del paisaje.
Cuando en la profunda noche del invierno una bronca tormenta de nieve brama sacudiéndose en torno del albergue y oscurece y oculta todo, entonces es la hora propicia de la filosofía. Su preguntar debe entonces tornarse sencillo y esencial. La elaboración de cada pensamiento no puede ser sino ardua y severa. El esfuerzo por acuñar las palabras se parece a la resistencia de los enhiestos abetos contra la tormenta.
Y el trabajo filosófico no transcurre cual la apartada ocupación de un extravagante, sino que tiene una íntima relación con el trabajo de los campesinos. Mi trabajo se asemeja al del joven campesino cuando sube la pendiente remolcando el trineo de la montaña y luego, una vez bien cargado con leños de aya, lo dirige a su cortijo en peligroso descenso; al del pastor cuando con su andar lentamente meditabundo arrea su ganado pendiente arriba; al del campesino cuando en su cuarto dispone en forma adecuada las innumerables tablillas para su techo. Allí arraiga su inmediata pertenencia a los campesinos.
El hombre de la ciudad piensa que “se mezcla con el pueblo” tan pronto condesciende a entablar una larga conversación con un campesino. Por las tardes, cuando durante la pausa del trabajo me siento con los campesinos en torno de la estufa o en la mesa junto al rincón donde está la imagen del Señor, casi nunca hablamos. En silencio fumamos nuestras pipas. Entretanto quizá cruza una palabra. Que el trabajo se termina en el bosque, que en la noche anterior se metió una marta en el gallinero, que posiblemente mañana una vaca parirá, que el campesino Oehmi ha tenido un ataque, que el tiempo pronto “se muda”. La íntima pertenencia del propio trabajo a la Selva Negra y a sus moradores viene de un centenario arraigo suabo-alemán a la tierra que nada puede reemplazar.
Al hombre de la ciudad una estadía en el campo, como se dice, a lo más, lo “estimula”. Pero la totalidad de mi trabajo está sostenida y guiada por el mundo de estas montañas y sus campesinos. Ahora, mi trabajo allá arriba se ve interrumpido a menudo por largo tiempo debido a gestiones, viajes para dictar conferencias, discusiones y la actividad docente aquí abajo. Pero tan pronto retorno arriba se aglomera, ya desde las primeras horas de estadía en el albergue, todo el mundo de las antiguas preguntas y, por cierto, en el mismo cuño con que las dejé.
Sencillamente, soy trasladado al ritmo propio del trabajo y, en el fondo, no domino en ningún caso su ley oculta. Los hombres de la ciudad se maravillan a menudo de este largo y monótono quedarse solo entre los campesinos y las montañas. Sin embargo esto no es ningún mero quedarse solo; pero sí soledad. En verdad en las grandes ciudades el hombre puede quedarse solo como apenas le es posible en ninguna otra parte. Pero allí nunca puede estar a solas. Pues la auténtica soledad tiene la fuerza primigenia que no nos aísla, sino que arroja la existencia humana total en la extensa vecindad de todas las cosas.
Es posible convertirse en una “celebridad” en un santiamén mediante los periódicos y revistas. Éste es siempre, por cierto, el camino más seguro por el que el querer más auténtico sucumbe al malentendido y llega al olvido profunda y rápidamente.
Por el contrario, la memoria campesina tiene su fidelidad sencilla, segura e incesable. Hace poco le llegó la hora de la muerte a una campesina allá arriba. Ella conversaba conmigo a menudo y de buena gana, y me enseñaba viejas historias del pueblo. En su lenguaje enérgico y lleno de imágenes conservaba todavía muchas palabras viejas y diversas sentencias que habían llegado a ser ininteligibles para los actuales jóvenes del pueblo y, así, han desaparecido del lenguaje vivo. Todavía el año pasado, cuando yo vivía solo semanas enteras en el refugio, esta campesina con sus 83 años, subía a menudo la abrupta cuesta que conduce a él. Quería ver, como decía, si yo todavía estaba allí y si no me había robado de improviso “algún duende”. La noche que murió la pasó conversando con sus parientes y, hora y media antes de su fin, envió todavía un saludo al “señor profesor”. Tal recuerdo vale incomparablemente más que el más hábil “reportaje” de un periódico de circulación mundial sobre mi pretendida filosofía.
El mundo de la ciudad está en peligro de sucumbir a una falsa creencia corruptora. Una impertinencia muy ruidosa y muy activa y muy delicada parece, a menudo, preocuparse por el mudo y la existencia del campesino. Pero con ello se niega precisamente lo que ahora sólo hace falta: mantener la distancia de la existencia campesina; abandonarla –ahora más que nunca– a su propia ley; ¡fuera las manos!, para no arrastrarla en una falsa habladuría de literatos sobre lo popular y el amor a la tierra. El campesino ni quiere ni necesita en ningún caso esta exagerada amabilidad ciudadana. Lo que ciertamente necesita y quiere es el tacto reservado respecto a su propio ser y a su independencia. Pero muchos de los procedentes de la gran ciudad y de los transeúntes –y no en último término los esquiadores– se comportan a menudo en el pueblo o en la casa del campesino como si se “divirtieran” en sus salones de recreo de la gran ciudad. Tal ajetreo destruye en una noche más de lo que puede fomentar jamás un adocenamiento científico de varios decenios sobre lo popular y las costumbres y usos del pueblo.
Dejemos toda intimidación condescendiente y todo falso culto de lo popular; aprendamos a tomar en serio allá arriba aquella existencia sencilla y dura. Sólo entonces nos podrá volver a decir algo.
Hace poco recibí la segunda llamada de la Universidad de Berlín. En una ocasión semejante me retiro de la ciudad a mi refugio. Escucho lo que dicen las montañas, los bosques y los cortijos. En esto vengo a donde mi viejo amigo, un campesino de 73 años. En los periódicos ha leído sobre el llamado a Berlín. ¿Qué irá a decir? Lentamente desliza la segura mirada de sus claros ojos en los míos, mantiene los labios fuertemente apretados, me coloca su mano fielmente circunspecta sobre el hombro y sacude su cabeza en forma apenas perceptible. Esto quiere decir: ¡irrevocablemente no!
Este texto de Martin Heidegger ha sido copiado integramente de la pagína web filosofía y pensament de Ramón Alcoberro)
Hay variadas razones que nos impulsan a movernos de nuestro lugar habitual, entre ellas las que más fuerza suelen tener son las obligaciones laborales propias o de nuestra pareja, voluntarias o de fuerza mayor y el retorno a "nuestra" tierra, por ejemplo. En casos menos frecuentes estaría la búsqueda de un clima mejor o la necesidad de romper la rutina y empezar una "vida" nueva, despreciando hacer una sana reflexión sobre qué nos hace desear esa ruptura, y por eso, frecuentemente, acaba convirtiéndose en la misma rutina y la misma vida en otro lugar, en ocasiones incluso más hostil. Cualquiera de ellas puede proporcionarnos experiencias enriquecedoras y satisfactorias porque suponen contrastes suficientes para estimular energías internas, necesitamos ese movimiento para sentirnos mejor y agradecemos que haya surgido algún motivo que, aunque externo a nosotros, nos haya permitido vivirlas.
Estos motivos comentados, sus razones, se nos presentan de una forma, sino total, bastante consciente, o al menos así lo es su justificación (la diferenciación entre motivos como causas y su justificación verbal es un asunto complejo, para mi no hay tal distinción, pero esto es otro cantar). Pero cuando este cambio (de lugar habitual- habitar otro lugar- habitar y ser son lo mismo para Heidegger) no obedece a alguno de estos motivos con los que uno, para mayor seguridad en el éxito de la empresa, se aferra en su decisión, sino a otros más difusos y de precaria justificación, conduce a una gran felicidad, lo sentimos más nuestro, y nos ofrece un montón de sensaciones que vamos descubriendo. Hemos atendido otros deseos, y es el momento de aprovechar para hacer ese tipo de análisis a posteriori, en el sentido que tanto os comenté de Schopenhauer, que ayuda a conocernos mejor, a descubrirnos en nuestras auténticas y transparentes motivaciones. Un análisis que surge directamente del asombro, como el conocimiento auténtico que nos enseñó Aristóteles, el asombro es lo que impulsa la verdadera curiosidad y lo que deviene en un saber "nuevo", incluso sobre nosotros mismos. Esdedesear.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Cartas desde Filiel
1
Para venir a gustarlo todo no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo no quieras ser algo en nada.
2
Para venir a lo que gustas has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres has de ir por donde no eres.
3
Cuando reparas en algo dejas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo has de dejarte del todo en todo,
y cuando lo vengas del todo a tener has de tenerlo sin nada querer.
4
En esta desnudez halla el espíritu su descanso, porque no comunicando nada, nada le fatiga hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad.
De " La subida del Monte Carmelo. Monte de perfección" Por S. Juán de la Cruz.
Quizas debiera haber convocado a Teresa de Jesus en lugar de Juán de la Cruz, ella que vivía sus éxtasis entre pucheros, algo que se nos da muy bien a las mujeres, que podemos mezclar perfectamente el tocino con la velocidad, sin que se nos mueva un pelo. Así me pasó a mi en estas vacaciones, extasiada y arrebolada por sensaciones medio místicas al tiempo que aprendía a cocinar un cocido maragato o me peleaba por el espacio con las arañas, moscas o avispas, pero, a decir verdad, San Juán me gusta más.
Filiel, julio del 2009.
Queridos: Cuando hace algún tiempo os enseñé esa foto del camino a Filiel, con las nieves aún en el Teleno, cuando os decía que ella era la imagen del presente de mi futuro, anticipaba sin saberlo aún estas vacaciones mías, adivinando un deseo que aún no había parido sino en el lenguaje literario. Misterios de lo inefable tatuado en lugares invisibles de mi cuerpo. Lo prefiero.
Filiel... sólo por ese nombre merecería ser escogido un lugar. Fili-el, que se me figura una mezcla de griegos y árabes, la contundente mezcla de dos civilizaciones que nos fundan y fundamentan. Un pueblo al pie de la montaña, en el medio de una naturaleza que no sabré describir porque he descubierto con asombro que para todo decir auténtico hay que haberse creado un lenguaje antes y yo no dispongo de él. Un pueblo al que me condujo un nada de razón instrumental pues en ninguna certeza podría basar mis fines y un todo de poderosa intuición que me fortalece con su total incertidumbre. Veremos a ver por donde sale...
Y aquí estoy (la jornada empezó muy bien, Radio Tres parece haber querido premiar mi fidelidad con una selección para el viaje: un concierto de Muddy Waters, una pieza de piano sudamericana "El Trapìche" de Claudia Calderón, una cantata de Bach, y unas danzas eslavas de Dvorák que coincidieron con la travesía del macizo galaico-leonés. Total, que conduje hasta aqui como en volandas.) en el fragor de un combate que mi alma disputa entre el miedo a no superar el silencio y la abrumadora soledad y la angustia de, por eso mismo, perderlos. Un sentimiento parecido al de una enamorada atenazada por las dudas y el deseo, que a su pesar continua probándose ropa ante el espejo, y, sin remedio para esta locura, pasé la tarde aviando, ilusionada, con las cuatro cosas que apañé para traerme, los apenas treinta metros cuadrados de casa, como si guiara mi mano la propia mano de un profesor oculto por encima de mi cabeza. Miro y remiro las posibilidades del pequeño terreno que se desparrama hasta el cauce seco de un riachuelo en la trasera, sin límites concretos, informe y asilvestrado, y le plantifico una mecedora "comme il faut" a un espacio que invento para remedar un porche: ¡aquí miraré las estrellas!
Sigo sin atisbar un ser humano, dicen que los hay, pero las casas están cerradas de puertas y ventanas a cal y canto. Será como las meigas que "habelas haylas". Y continuo preguntándome cómo he llegado hasta aquí. Ya os seguiré contando. Hasta pronto.
Nosotros y los objetos
luz y tinieblas
cuerpo y alma
dos almas
espíritu y materia
Dios y el mundo
pensamiento y extensión
ideal y real
sensibilidad y razón
fantasía e intelecto
ser y deseo
Las dos mitades del cuerpo
derecha e izquierda
respirar
Experiencia física:
imán.
Johann Wolgang von Goethe
jueves, 10 de septiembre de 2009
Manuel Rivas
http://www.rtve.es/mediateca/audios/20090909/manuel-rivas-trucha-dias-como-hoy/581447.shtml
lunes, 7 de septiembre de 2009
La humildad vigilante
jueves, 9 de julio de 2009
El beneficio.
"Porque creo que es propio del saber el querer mostrarse y no contentarse con una simple existencia oculta. El saber mudo me parece peligroso, pues se vuelve más y más mudo y al final secreto y luego acaba vengándose por ser secreto. El saber que se manifiesta comunicándose a los demás es el buen saber, que sin duda aspira a ser reconocido pero no se vuelve contra nadie. El contagio que parte de los maestros y los libros busca extenderse. En esta fase inocente no se pone en duda a sí mismo, echa raíces y se propaga, irradia y quiere ampliarlo todo al tiempo que él mismo se amplía. Se le atribuyen las cualidades de la luz, la velocidad con la que desea expandirse es la máxima, y se lo honra dándole el nombre de ilustración. En esta forma lo conocieron los griegos antes de que Aristóteles lo comprimiera y encasillara. No cabe pensar que fuera peligroso antes de ser fraccionado y almacenado. Heródoto me parece la expresión más pura de un saber que era inocente porque tenía que irradiar. Sus divisiones son las de los pueblos que hablan y viven de manera diferente. él no refuerza las divisiones cuando habla de ellas sino que crea en sí mismo espacio para lo más variado y crea espacio en los otros, que se enteran de todo ello a través de él. En cada joven que oye hablar de mil cosas se oculta un pequeño Heródoto, y es importante no intentar elevarlo por encima de éste, porque se espera de él que se limite a un oficio."
De Historia de una vida. La antorcha del oído" Por Elías Canetti.
Me voy de vacaciones, pero antes quiero expresaros mi enorme agradecimiento por estos meses de compañía, siento que me faltan palabras. Cuando inicié este blog no tenía pretensión alguna más allá del sentido de su propio título: "es de desear" por lo que lo había empezado. El deseo de manifestarme, de comunicarme, que luego descubrí que tiene mucho que ver con el contenido de los fragmentos de Canetti que arriba transcribo. Un deseo totalmente inocente, alejado de toda utilidad, un brindis al sol, como no podría ser de otra forma. He aprendido muchas cosas de esta experiencia que he ido analizando paralelamente a vivirla. Ha sido muy reconfortante en muchos sentidos porque como dice mi amigo Chiqui (http://navegare--preciso.blogspot.com/ ), obliga a hacer "caligrafía" espiritual. Una dimensión de la escritura que no conoces hasta que la pones en juego.
"Las dos aspiraciones fundamentales de la vida humana y por las que, tal vez, merezca que siga ésta fluyendo "entre el silencio de las esferas", son la inteligencia y el amor. Y ello es lo que motiva ese equilibrio que los griegos llamaron eudaimonía-felicidad-. Pero ambos términos han sufrido un deterioro tan creciente, y sus vetas se han cuarteado tanto en la costra de los social, que el mencionarlas arrastra inevitablemnte un regusto humanista y el aire de una consoladora y romántica utopía. Y sin embargo, el miedo a ciertas palabras, metido en las articulaciones de una sociedad deformada, ha de vencerse únicamente con la voluntad decidida de pronunciarlas y, por supuesto, con la de pensar y estructurar las otras que nos encarcelan y reprimen." De "La memoria del Logos" Por Emilio Lledó.
Seguir este consejo de Lledó ha tenido efecto especular. A algunos ya os conocía y disfrutaba de vuestro respeto y cariño, a otros os he conocido virtualmente. Gracias Barbebleue( http://cuestiondesensibilidad.blogspot.com/), Pilar ( http://mm-actualidad.blogspot.com/)y Josefina, (por orden de aparición), habeis sido un estímulo en lo intelectual y un motivo de gozo en lo personal, por la atención que me dispensasteis, la riqueza de vuestros comentarios y el espíritu alegre y prudente con que los habeis hecho. Y gracias al que inventó la red. ¿Qué diría Platón si levantara la cabeza? Feliz verano. Esdedesear
lunes, 6 de julio de 2009
Galicia
Se quejan los hosteleros de que la televisión hace predicciones del tiempo para Galicia que no favorecen que el turismo acuda y que además no son ciertas. Difícil cuestión, a mi entender, pretender conciliar un turismo de sol y playas con la climatología gallega. Un turismo que dependa de las horas de sol me parece simplemente equivocado. Hace honor a la máxima de Tagore "si de noche lloras por el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas". Aquí si no vas a la playa porque no hay sol, simplemente te pierdes las playa. Las playas maravillosas de Galicia pueden ser disfrutadas, mejor incluso, aunque no haya sol, o lo haya a ratos. Y además, ¿quién está durmiendo con su mantita todavía?